Coaching con caballos: Una breve historia de la ciencia a lo mágico

“El milagro no tiene día siguiente»

ANTONIO GALA.

 

“Las señales descansan olvidadas a nuestro alrededor»

RUPERT SHELDRAKE.

 

Le preguntaban a Jodorowsky en una entrevista cómo podíamos saber, cuando lo teníamos delante, que el Amor era el Amor, cómo podíamos reconocerlo. Magistralmente, el chileno contestaba: “Esa pregunta hacela a un Santo: ¿Cómo usted reconoce que lo que está viendo no es esquizofrenia, es milagro?”

Desde hace ya más de dos años realizo talleres y sesiones individuales de coaching con caballos. En ellas han ocurrido muchas cosas, situaciones verdaderamente sorprendentes que he presenciado y compartido con participantes y clientes. Situaciones que, aún explicadas, serían difíciles de comprender (como los milagros). Y siempre, esas sorpresas, esas respuestas o acciones inexplicables han venido de la mano del comportamiento de los caballos en la pista y de su interacción con las personas.

Una de esas reacciones, sorprendente, inesperada, mágica, ocurrida en una de las últimas sesiones individuales que realicé (aparecen en todas y cada una de ellas, aunque algunas ocasiones son más impactantes que otras) es la que ha dado pie a este artículo. Es mi deseo poder dar una explicación a lo ocurrido, lo cual, estoy convencido, se encuentra muy lejos de la coincidencia o la casualidad. Para hallar esta explicación o respuesta he buscado documentarme, leer, investigar… comprender. Parte de los resultados de esa búsqueda están contenidos en este escrito.

En un momento de aquella sesión, la participante, siguiendo una dinámica, dibujó con una cuerda sobre la pista un espacio que representaba su situación futura, aquello que deseaba tener para si. En este espacio colocó varios objetos que, a partir de metáforas, simbolizaban aquello que le esperaba, que iba a conseguir, en ese futuro que estaba definiendo. Entre otros objetos, colocó tres pequeños conos amarillos situados fuera del espacio que previamente había definido con la cuerda. Cuando le pregunté, me dijo que los conos simbolizaban “los obstáculos” que tenía que superar para conseguir su objetivo, para alcanzar esa situación deseada.

A continuación, le pedí que eligiese uno de los dos caballos que había en pista y lo “nombrara”, depositara en él un atributo, un valor, algo que ella creyese le iba a ayudar a llegar a esa realidad, a esa situación deseada que ahora, dibujada sobre la arena, se perfilaba a sus pies. Eligió entonces uno de los caballos y lo nombró como “la comprensión” porque, según explicó, comprendiendo las cosas primero, luego podría aceptarlas y dejar de sentir así el malestar que ahora tenía.

En el coaching con caballos, cuando nombramos a un caballo con un valor, cuando depositamos sobre él un atributo o significado, éste a menudo comienza a moverse, a tener un comportamientos y a interactuar con las personas de una forma distinta, completamente diferente a como lo hacía antes de que hubiésemos señalado en él esa propiedad.

En aquella sesión, “La comprensión” disfrazada bajo la forma de aquel caballo castaño se dirigió, con paso lento y seguro, hacia los tres conos amarillos, colocados con varios metros de separación unos de otros y los fue pisoteando y machacando uno tras otro: Primero uno, luego el siguiente más cercano, y finalmente el tercero, mostrándonos una escena que duró aproximadamente un minuto, y en la que vimos de manera gráfica cómo “la comprensión” podía derribar y empequeñecer (pisotear) todos los obstáculos futuros que se le presentasen al cliente. Recuerdo que nada más terminado aquello, cuando “comprensión” abandonó el tercer cono, dejándolo maltrecho, el cliente me miró lleno de asombro y me preguntó: “¿Quién dirige estos caballos?”

 

 

Y es esa pregunta, directa, inocente, clara, hecha desde el asombro,… la que trato de responder desde que comencé a trabajar con los caballos, pero con más insistencia y mayor deseo de encontrar una respuesta desde aquel día.

En esta búsqueda me crucé con la teoría de “La mente extendida” del biólogo británico Rupert Sheldrake. Esta teoría afirma que nuestro cerebro es el sustento físico de nuestra mente, pero que ésta, la mente, no se encuentra confinada dentro del mismo. La mente, en su composición, va más allá de nuestro cerebro, situándose o abarcando otras partes de nuestro cuerpo como el sistema nervioso central y el sistema nervioso periférico. Pero aún va más allá. Sostiene Sheldrake que podemos desplazar nuestra mente, “extenderla” hacia objetos que se encuentran fuera de ella. Así, la etimología de la palabra “atención” proviene del latín “ad + tendere”, que significa “extender la mente hacia”.

A partir de esta mente extendida, que según el autor nos dota de un “sexto sentido”, podemos extender nuestros pensamientos, nuestra mente, y llegar a “tocar”, incluso a afectar con ella a elementos, objetos e incluso personas del mundo que nos rodea. Es a través de ella que podemos unirnos a esas personas u objetos creando “campos de percepción” que nos ponen en contacto con aquello que observamos y sobre lo que depositamos nuestra atención.

Estos campos son la base de la telepatía, la pre-cognición y la sensación de sentirse observados. Un ejemplo claro de su existencia lo encontramos en las bandadas de pájaros y en los bancos de peces. Ambos, al desplazarse, realizan movimientos de cambios de sentido y de dirección de una rapidez y efectividad tal (los individuos nunca llegan a chocar o estorbarse entre ellos) que según los estudios realizados es imposible que se deban a la ejecución de órdenes cerebrales basadas en base al análisis y procesamiento de la información percibida por los sentidos. Son las llamadas “olas de maniobra”. Realizar esta maniobra basándose en la observación de si el individuo a derecha o la izquierda ha comenzado a girar y actuar en consecuencia es un proceso muy lento comparado con los cambios vertiginosos que de dan en el grupo. Se cree en cambio que estos movimientos están dirigidas por un “campo mental”  llamado “campo de comportamiento”, común a todos los individuos del grupo y del que obtienen información de los movimientos que va a realizarse.

 

 

Estos campos mentales existen en todas las especies, pero según Sheldrake se dan con mucha más intensidad y están mucho más acentuados en perros, gatos, caballos y algunas especies de pájaros. Estos animales tienen poderes telepáticos, afirma el autor, y conectan con estos campos de manera mucho más intensa y efectiva que los humanos.

Se ha observado que los caballos que están unidos viviendo en manadas en libertad pueden comunicarse telepáticamente y que este tipo de comunicación es vital para su supervivencia, pues es una manera efectiva de comunicar una situación de alarma a individuos que están fuera del alcance de la vista y el oído.

Tenemos así un animal como es el caballo ampliamente conectado a estos campos mentales y cuyas capacidades sobre telepatía y precognición son infinitamente superiores a las nuestras. (Superiores a las nuestras y similares a las que poseen otras especies). Por otro lado, las sesiones de coaching con caballos son altamente emocionales: El movimiento y los resultados obtenidos, que se procesan en tiempo real, el marcado componente experiencial, la gran “presencia” física de los caballos en la pista y sobre todo la profunda conexión del cliente con su parte más íntima y personal, con su verdadero yo, hacen que las emociones inunden la pista, marcándolo e impregnándolo todo.

 

 

A partir de estas dos premisas fundamentales: Una, que las emociones son una fuente de energía que a su vez contienen una amplia cantidad de información. Y dos, la facilidad o aptitud del caballo para entrar y moverse con soltura dentro de los diferentes campos mentales. ¿Podríamos establecer la hipótesis de que tanto al definir y marcar objetos con un significado a través de las metáforas (Conos amarillos que significan “obstáculos”) como al nombrar o dotar al caballo con una significación o valor (caballo “comprensión”) estamos cargando de información (información-energía) tanto a unos como al otro? ¿Podríamos estar dejando una huella (emocional) con una información completa que sería fácilmente “leída”, fácilmente seguida por el caballo?

Con la extensión de nuestra mente proyectamos nuestro conocimiento (también el auto-conocimiento, deseos, anhelos,…) en objetos y animales, en toda la realidad que nos rodea, llegando a “tocar” todo ese mundo.

Utilizamos las palabras para transmitir pensamientos y el resultado es óptimo cuando esos pensamientos son esencialmente verbales. Pero cuando tratamos de transmitir una imagen las palabras se vuelven a menudo inadecuadas. Quizás la telepatía sea una forma más adecuada que las palabras de transmitir imágenes.

Quedan muchas preguntas por contestar y muchas incógnitas sobre las que arrojar luz. ¿Qué más información hay en esos campos además de la que nosotros podamos aportar en un momento determinado? ¿Realmente hablamos de un sólo campo mental o existen varios entrelazados? ¿En esos campos se encuentra recogida información sobre la naturaleza, el orden natural,  los tiempos y el devenir de los acontecimientos,… lo que podemos llamar «la vida» en su más amplio concepto? ¿Qué grado y nivel de sabiduría podríamos otorgarle a un ser, independientemente de su especie, capaz de conectar, de acceder, de «navegar» con fluidez por esos campos?

Sin duda estamos frente a un conocimiento incipiente, un nuevo mundo que se abren frente a nuestros ojos: El de las posibilidades no descubiertas de nuestro cerebro y nuestra mente. Esto supone una encrucijada que nos abre las puertas a seguir avanzando, continuar por el camino que nos lleve a descubrimientos de tal índole que transformen y den un vuelco a nuestra forma de relacionarnos con el mundo tal y como la hemos conocido hasta ahora. Y una vez más, este descubrimiento de un nuevo mundo, de una nueva realidad, podemos alcanzarlo teniendo al caballo y a los animales como referencia.

¿Por qué no poner un caballo como gerente de la empresa?

“!!!Un caballo, un caballo… mi reino por un caballo!!!

RICARDO III

Muchos han sido los caballos famosos que han tenido un papel y un protagonismo destacado a lo largo de los tiempos, dejando en ellos una huella decisiva. Fueron, en su época, y siguen siendo hoy día caballos nombrados, propiedad, o como yo elijo llamarlos, “compañeros” de personajes que han pasado a la historia. Hay sobrados ejemplos: Desde Bucéfalo, que llevó a Alejandro Magno a los confines del mundo, a Tormenta (Dug), con quién Gengis Khan conquistó un imperio. O Babieca, la yegua de Rodrígo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. Rocinante, inmortal. Marengo, el caballo de Napoleón, que llevaba el nombre de una de sus primeras victorias, etc…

Esta lista de caballos únicos, especiales, no se limita sólo a animales que han llevado a sus dueños por el camino de grandes descubrimientos o conquistas militares. En multitud de ocasiones, éstos llegaron a ver en sus monturas mucho más que un compañero fuerte y fiel, mucho más que un animal dotado para la guerra o las grandes exploraciones. Fueron capaces de ver otras cualidades, otras virtudes: Un instinto certero e infalible tal vez, claras dotes de liderazgo o una sensibilidad superior a muchos otros seres. El emperador romano Calígula, por ejemplo, nombro a su caballo Incitato cónsul y senador de Roma. O Pancho Villa, que dicen que hizo general a su yegua llamada Siete Leguas.

Lejanos ya todos estos acontecimientos, junto a la memoria de sus protagonistas, centrémonos en esas cualidades especiales que puede aportarnos y que podemos aprender de ellos. Hagámoslo a partir de un ejercicio de imaginación, de creatividad, de un juego a través del pensamiento: ¿Qué ocurriría si nombrásemos a un caballo como CEO o gerente de nuestra empresa?

 

 

Para los profesionales del Coaching con caballos la respuesta es clara: Nuestra empresa comenzaría a obtener unos resultados distintos, superiores, con grandes cambios, marcados de aspectos positivos. Veamos cuál podría ser una pequeña enumeración de esos cambios:

1. En nuestra organización, el caballo aportaría el don de la intuición, ese “olfato” fundamental para el mundo empresarial actual. Hermana de la corazonada, la intuición nos lleva a movernos y a tomar decisiones teniendo en cuenta y valorando no solo la información que nos llega a través de la razón, sino también lo que nos dice nuestro corazón. Esto nos da acceso un conocimiento distinto, una nueva capacidad de comprender y asimilar detalles y elementos básicos de nuestra vida.

En el mundo de la empresa, la intuición nos permitiría conocer desde otro punto de vista cómo sienten y piensan nuestros clientes. Podernos anticipar a los cambios de tendencias y modas. Predecir o ver con antelación cambios en el mercado, productos que pueden convertirse en estrellas, oportunidades de inversión, etc… No es necesario entender algo para saberlo. La intuición es parte de la naturaleza del caballo. Como afirma Ray Hunt “El caballo nunca se equivoca”.

2. Del caballo aprenderíamos también la serenidad y el estado de presencia en todo lo que realizamos. Ambas capacidades se antojan fundamentales a la hora de lograr el máximo rendimiento en nuestro trabajo. A diferencia del caballo, el ser humano, y debido a la estructura de su mente, en contadas ocasiones consigue sin esfuerzo ese estado de presencia que podemos definir llanamente como “estar” de cuerpo y mente en un mismo lugar, enfocado, concentrado en la tarea, no dejando que nuestro pensamiento nos lleve de manera incontrolada de un lugar a otro, del pasado al futuro, de lo que pasó a lo que está por venir. Alcanzar ese estado de quietud, de tranquilidad, donde el “ruido” del pensamiento cesa, nos abre las puertas para poder estar conectados con lo que hacemos, en estado de flujo, con concentración plena, lo que nos acerca a la excelencia, la disminución de errores o la eficacia.

3. Nos aportaría una valiosa lección sobre el Liderazgo, paradigma en todo ámbito empresarial actual. En esto tiempos que estamos viviendo necesitamos con urgencia de un nuevo liderazgo, renovado, efectivo, que nos motive y nos conduzca de manera apasionada hacia nuevas metas y objetivos. Éste es interpretado y ejercido por el caballo de una manera muy especial. En las manadas de caballos, el liderazgo y la iniciativa recae en todo momento en el individuo más motivado, el que se encuentra en la situación más favorable para actuar. En la manada, el individuo que primero detecta al depredador (al peligro) es el que inicia la huida y guía al grupo. Por otra parte, es el miembro de la manada de mayor experiencia, generalmente la yegua de más edad, la que dirige a la manada hacia los pastos más abundantes o los mejores lugares para beber.

Esto crea una verdadera unión basada en el hoy por ti y mañana por mi, en el codo con codo y hombro con hombro. Contribuye a descargar de peso,  a veces excesivo, al líder o “jefe” de la organización, de que se espera se modelo constante y sobre el que recaen el cumplimiento de unas expectativas que a menudo se traducen en estrés, en cargas emocionales y un horizonte que parece imposible alcanzar.

4. Al adentrarnos en la visión que tiene el caballo del mundo que le rodea nos encontramos con el regalo de la “visión de la presa”, de la que tanto tenemos que aprender. El ser humano, en su naturaleza, es cazador. Esto nos lleva a ver el mundo a través de los ojos de un cazador, a enfocarnos en nuestro objetivo o nuestra meta. Esto hace que en nuestro “foco”, siempre orientado o dirigido a la “presa” (objetivo) que hemos elegido, no aparezca o no seamos capaces de “ver” otras alternativas, posibilidades o variantes. El cazador carece de la visión circular, englobadora, que forma parte del mundo de la presa. Ésta, la presa, está presente, pendiente, observando y gestionando todos los sucesos, situaciones y acontecimientos que le rodean. Esta siempre preparada para dar la respuesta más adecuada a cada situación. Tiene así una panorámica de 360º sobre el mundo que le rodea (¿cómo sería esto aplicado a la empresa?) frente a la visión de cono o embudo que es propia de la naturaleza del cazador.

 

5. Sin duda podríamos adquirir una lección de incalculable valor, un conocimiento del que nos hemos ido poco a poco distanciando, al aprender del caballo y su relación con la naturaleza. El hombre moderno, el “Homo economicus” se ha ido distanciando de su parte más primigenia, más natural, perdido en la vorágine y el laberinto de la producción y el consumo de bienes, buscando la mayor comodidad, la satisfacción material plena y la aparente felicidad depositada en el consumo y la propiedad.

En este largo camino competitivo el hombre ha dejado atrás valores, conocimientos, una forma de vivir y sentir más cercanos a sus orígenes naturales. Hay valores en la naturaleza, como búsqueda de la sencillez y lo fácil a la hora de hacer las cosas, la pausa y la cadencia en los ritmos frente a las prisas del hombre actual. O la incomparable lección de la humildad, de la aceptación de nuestra debilidad y nuestra “pequeñez” frente al mundo que nos rodea son lecciones que podemos aprender en el contacto con el caballo.

Éstas son parte de las capacidades y habilidades que podemos encontrar en el caballo y que podemos hacer nuestras, apehender por medio del aprendizaje que deriva del contacto con él. Ese contacto nos vuelve más humanos, pues despierta nuestro lado más natural, más “animal”, más cercano a nuestros orígenes. Y es ahí, en los orígenes donde podemos reconectar, resintonizar, cambiar hábitos y creencias, buscar una transformación, que se antoja cada vez más necesaria como individuos y como grupo. Recorrer ese camino hacia nuestros orígenes seguro nos llevaría a encontrar, quizás a la mitad del camino, ese punto de equilibrio tan necesario, tan deseado, en el que instalarnos.

 

Mi primera vez en el coaching con caballos. Testimonio.

Hoy abrimos las «puertas» de nuestro blog a uno de los asistentes que participaron en las primeras sesiones de coaching con caballos que impartimos en Huelva, concretamente en el Centro Equestre La Bodega, en Trigueros. Nos describirá con sus propias palabras cómo vivió la jornada, y qué le pudo aportar desde su punto de vista a su propio crecimiento y desarrollo personal. Este es su testimonio:

Aunque ya han pasado varios meses, recuerdo perfectamente cómo fue la jornada y qué hicimos casi al minuto, ya que mi expectación y mi curiosidad eran enormes y mis sentidos estaban al cien por cien puestos en lo que pudiese ocurrir aquel día.

Me gustaría empezar describiendo el momento de la llegada al centro equestre, ya que aunque iba acompañado por una compañera de trabajo, no tenía ni idea de quién más iba a asistir o a quién o qué tipo de personas me podría encontrar allí, aparte de Francisco. Pero rápidamente se despejaron las dudas y desde el principio me di cuenta que iba a ser un día en muy buena compañía. Creo que todos íbamos con el mismo espíritu de experimentar y dejar que la actividad nos aportase lo máximo a nivel personal, y cuando un grupo de personas va con un mismo objetivo, se crea mucho más rápido una conexión especial entre todos.

Empezamos con una primera parte de teoría, con conceptos y actividades muy interesantes para descubrir y conocer más sobre el comportamiento humano, qué nos mueve o qué nos frena a según qué cosas de la vida cotidiana. Todo explicado de manera clara y sencilla por Francisco.

Y tras la teoría, pasamos ya directamente a trabajar con los caballos. Primero Francisco nos acercó un poni, y nos explicó que aunque lo viésemos muy diferente a un caballo, su comportamiento y sensaciones frente al contacto con los humanos era exactamente igual. Su idea era transmitirnos sobre todo el respeto que debíamos mostrar cuando pasásemos a trabajar con los caballos, no tener miedo, pero sí respeto.

En el primer ejercicio, uno de los que más me gustó, nos pusieron en parejas y tocaba vendarse los ojos para acercarnos y tocar al caballo. La idea era dejarse llevar y sentir la conexión con el animal sin que nuestros prejuicios de su apariencia o posibles reacciones nos influyesen. Para mi fue mágico, ya que conecté de una manera especial, confirmando en mi la idea de que todo lo obtienes cuando te acercas con amor y respeto a los demás, ya sean personas o animales.

Después hicimos un ejercicio muy interesante que consistió en integrarnos y movernos libremente en el mismo espacio que los caballos, esta vez todos sueltos y a su aire. La instrucciones eran sencillas, simplemente permanecer, estar, sentir… Llegar a formar parte de la manada de caballos, como un miembro más. Disfrutamos de mucho tiempo para experimentar cómo se comportan estos animales cuando están sueltos, sin ataduras. Muchos de nosotros de verdad buscamos integrarnos con ellos en todo momento, acercándonos, acariciándolos, queriendo formar parte de su manada. Ser uno más. Fue muy revelador de lo que no quiero descubrir el desenlace ya que lo ideal es que si alguien quiere experimentarlo por primera vez, que lo haga sin ningún prejuicio o valoración previa. Precisamente para poder dejarse llevar al 100% y descubrir. Pero puedo decir que fue algo mágico poder sentir el «tiempo» de los caballos, su forma de ver el mundo: Simplemente estar, sin pensamientos, preocupaciones ni juicios…

Tocaba parada para comer y así lo hicimos. Almuerzo increíble que se extendió un poco más de la cuenta, pero fue por la buena sintonía y ambiente tan especial de aquel grupo que ese día coincidimos y nos conocimos gracias a la actividad.

A la vuelta, empezamos con el ejercicio individual, en el que cada uno se relacionaba directamente, esta vez a solas, con el caballo. Caminabamos junto al mismo mientras Francisco iba observando las distintas reacciones de cada uno, del caballo y de la persona. Después teníamos una charla a solas con Francisco, una mini sesión de coaching personal, en la que comprtíamos con él lo que habíamos sentido y sobre todo lo que el caballo había reflejado de nosotros, de nuestras emociones. Algo impactante y muy profundo, ya que es increíble lo que un rato a solas con un caballo puede sacar de ti sin que tú mismo siquiera seas consciente. De ahí la importancia del coach, en este caso Francisco, para ayudarte a entender el significado de cada reacción, de cada aprendizaje, y trabajar en tu desarrollo personal.

Con este último ejercicio terminó la jornada y por supuesto me quedé con ganas de más. Ya que en cada taller sigues descubriendo cosas nuevas y puedes ver la evolución de las que descubriste al principio.

Poco más que comentar de aquel fantástico día, aparte de que conocer a ese estupendo grupo me sirvió también para conocer otros puntos de vista y experiencias, y seguir aprendiendo en nuevas ocasiones e incluso en nuevos talleres de otras áreas que surgieron de algunas de los participantes con los que coincidí aquella jornada.

Una experiencia que recomiendo a todo aquel que quiera conocerse mejor, descubrir lo mejor de si mismo, y abrir un nuevo camino hacia su desarrollo y crecimiento personal. Éste método es menos conocido, alejado al común de las formaciones de este tipo, y sin duda es muy, muy especial y efectivo.

Muchas gracias Ismael R. por tu testimonio. Sin duda un placer para nosotros también contar contigo aquel día.

Si tú también quieres asistir y experimentar de primera mano lo que el coaching con caballos puede ofrecerte, consulta aquí próximas fechas y talleres.

¿Cómo es un taller de Coaching con caballos?

“No es necesario saber algo para ser capaz de hacerlo. Aprendimos a caminar, a correr, a ir en bicicleta y a jugar a la pelota sin que nos dieran instrucciones”.

 JOHN WHITMORE

 

 

Voy a describiros en unas líneas cómo es un taller de coaching con caballos visto desde dentro. Qué cosas ocurren en él y cómo lo viven los participantes. Os voy a contar cómo es, sus particularidades, lo que lo hace distinto y las vivencias que en el mismo se suceden. Y voy a narrarlo a través de mis ojos. A través de mi mirada, la del coach que acompaña a los participantes en su experiencia.

Cuando los participantes llegan a la hípica, la mayoría lo hacen con una media sonrisa, llenos de energía y expectación. Otros en cambio, se muestran un poco cohibidos, se nota que aún están un poco a la defensiva. Curiosos, pero precavidos. Los primeros saludos, las primeras presentaciones y las tensiones – si las hubo – comienzan poco a poco a distenderse. Para hacer del coaching un método efectivo de crecimiento y desarrollo personal es fundamental crear un ambiente de confianza, de seguridad. Así los participantes pueden expresarse, abrirse y “sacar” lo que llevan dentro. Siempre me ha parecido que en la bienvenida y recepción de los participantes, el patio de la hípica donde trabajo, con los caballos en sus boxes en todo su alrededor, con el limonero que lo adorna y le da sombra, y los perillos siempre jugando, y el ambiente de trabajo, la faena, y el esmero por el cuidado de los animales que allí se respira, contribuye, desde el primer momento, a relajar el ánimo de los participantes y a comenzar a crear esa confianza – primero en ellos mismos- que tantos frutos va luego a dar a lo largo de toda la jornada.

Una vez han llegado todos y hemos pasado a la pista hacemos las presentaciones “oficiales”. Primero Antonio, que es nuestro anfitrión, dueño de la hípica. Después Ana, cuando nos acompaña con su sagaz, limpia y amorosa observación de todo lo que ocurre. Y finalmente yo. A continuación pedimos a los participantes que se presenten a sus compañeros. Y vamos así dando nuevos pasos hacia esa apertura y ese grado de confianza que es necesario para poder sacar lo máximo del taller. Buscamos estar cómodos y que el grupo comience a forjarse.

Tras las presentaciones suelo dar una explicación breve sobre lo que es el coaching con caballos. En qué consiste, qué puede ofrecernos, en qué se diferencia del coaching tradicional. Pero sobre todo, explico cuál es el papel del caballo en todo esto. Vamos así entendiendo, a nivel intelectual, desgranando conceptos, a la vez que comenzamos a abrir, de manera tenue al principio, la puerta a las emociones.

Una vez damos por concluida la parte “teórica”, antes de iniciar la primera dinámica con los caballos, repasamos las medidas de seguridad que debemos observar, durante el transcurso de la formación, en el trabajo con los caballos. Trabajar con caballos no es peligroso, en absoluto, pero si debemos hacernos responsables y tener en cuenta algunas medidas de seguridad a la hora de acercarnos a él. Éstas, y tras la explicación que nos da Antonio, se basan principalmente en el conocimiento del caballo, en saber cómo actúa y cómo se desenvuelven en la pista.

Después, y a lo largo de todo el taller realizamos distintas dinámicas tras la cuales hacemos una puesta en común o feed-back. Estas las utilizamos para fijar, retener o integrar lo que cada participante ha visto y sentido, ya sea en la dinámica precedente o en cualquier otro momento del taller. Este es un espacio para compartir, para descubrir y ver, a través de metáforas, la imagen propia que el caballo nos ha mostrado durante el juego. Éste es el momento de las preguntas en las que se basa el método del coaching. El momento de acompañar a los participantes, a través de ellas, hasta el descubrimiento de las opciones y posibilidades de mejora que tienen.

Es durante las dinámicas en las que se tiene un contacto directo y limpio con los caballos, ya sea de forma individual o en grupo. Este contacto llega a ser terapéutico, casi sanador, desde el momento en que ocurre. Al acercarnos al caballo solemos dejar atrás nuestra mente racional y sobre-activar nuestro sistema emocional. Éste es quien toma las riendas en nuestra comunicación con el caballo. Para ello, hemos creado con anterioridad un ambiente para propiciar este encuentro. Este llega a resultar mágico a veces, luminoso, esclarecedor, y a menudo sorprendente incluso para aquellas personas que han tenido contacto anterior y continuo con caballos. Son muchos los participantes que incluso teniendo caballo propio y montándolo a menudo se sorprenden del alto componente emocional de estos encuentros.

Los distintos ejercicios que realizamos tienen por objetivo movilizar nuestros recursos emocionales frente a retos. Estos tienen que ver con nuestra forma de comunicarnos con los demás, nuestras creencias, nuestra autoestima o las emociones primarias que, como el enfado o el miedo, habitan comúnmente en nosotros. Una vez éstas salen, se hacen presentes, nos vemos obligados a buscar una solución o un recurso emocional frente a las mismas. Todo en tiempo real, en la pista, frente al caballo, que va a testar, de una manera limpia y sin juicios, la efectividad de nuestras respuestas o recursos.

Experiencias para sentir y reconocer emociones

A menudo, sobre todo en las primeras fases del taller, me encuentro con alumnos enfrentados a un conflicto y luchando con su intelecto en busca de una respuesta o solución a un conflicto o reto. Respuesta que para ser efectiva, sólo puede ser emocional. Estas empiezan a fluir cuando nos adentramos más en el taller, que es cuando la mayoría de los participantes ceden ante sus emociones y dejan un poco de lado su cabeza o intelecto.

Y entre dinámicas, ruedas de “auto-alimentación” o feed-back, pero sobre todo tras haber vivido y experimentado un aprendizaje emocional duradero y de enorme valor para implementarlo, servirnos de él y ponerlo en práctica para llegar a ser mejores personas en multitud de ocasiones en nuestro día a día, llegamos al final de la jornada de formación.

Antes del cierre del taller siempre invito a los participantes a que pasen unos minutos con los caballos para agradecerles todo lo que nos han dado, todo el conocimiento, la comprensión y atención que nos han mostrado.

Este es el resúmen de una jornada o taller de coaching con caballos.

Y esto es todo. O no es nada. Porque verdaderamente una experiencia de crecimiento personal como es el coaching y más realizada con caballos es algo que no puede contarse. Carece de valor así. Solo puede experimentarse por uno mismo. Vivirla. Disfrutarla y retener en la memoria todo lo visto, lo sentido, lo aprendido… Para siempre.

¿Has decidido que te lo quieres perder?

La conexión entre la persona y el caballo

“Para entender al caballo debemos entender la conciencia de las presas. Esa es la mejor manera de comprender cómo piensan. Entender la conciencia de las presas nos enseña también otras cosas, como la empatía y la paciencia.”

                                                                        CHRIS IRWIN

 

En el trabajo con caballos, tanto a nivel de crecimiento y desarrollo personal como formativo en las distintas ramas de la hípica o la doma, la conexión que se establece entre hombre y animal es rápida y muy potente. Nuestro sistema emocional, el sistema límbico, es un sistema abierto. Este se adapta e inractúa con el medio, dependiendo de él. Todo lo que nos rodea nos influye y nos cala a través de nuestras emociones.

En el caballo ocurre igual, pero con la gran diferencia del efecto multiplicador de su potentísimo e hiperdesarrollado sistema emocional y perceptivo que éste posee. Muy superior al nuestro y que, por su magnitud, nos hace de amplificador.

No altera esta conexión, por nuestra parte, el hecho de que nosotros, los seres humanos, seamos cazadores por naturaleza, mientras el caballo es un animal de presa. El humano cazador siempre tiene un objetivo. Y busca lograrlo por pura programación genética. Si no caza a su “presa” (alcanza su objetivo), pone en riesgo su subsistencia. Así, siempre tenemos un objetivo cuando nos acercamos al caballo. Éste puede ser sentir, sanar, aprender, domarlo, montarlo, etc.

En esta conexión de la que hablamos si es muy determinante, y afecta de manera importante en ella, la gran capacidad de percepción del entorno que tiene el caballo y que ha adquirido por su evolución. Ésta se centra y abarca todo lo que le rodea, toda “la pradera”. Pues para subsistir y evitar ser cazado el caballo ha multiplicado y potenciado sus sistemas de alerta.

Sin duda ésta es una de las claves del efecto que sobre nosotros tiene la presencia y cercanía del caballo: La amplitud de su sistema emocional y perceptivo. Otra es la sorpresa que nos supone el hecho de que nos acerquemos a él con un objetivo concreto y a cambio obtengamos un regalo de tanta amplitud. Buscamos simplemente saciar o cumplir un objetivo y éste, en cambio, nos va a hecer la devolución de mostrarnos “toda la pradera”.

Como decimos, el efecto que produce en nosotros es emocional, y por tanto físico y real. Lo sentimos, podemos percibirlo, transmitirlo y compartirlo con los demás. Pertenece al plano de “lo que existe”, de la realidad, muy alejado del plano teórico de las palabras. Frente a lo mental, triunfa lo físico. Frente a lo teórico, prevalece lo práctico y las experiencias.

Este es el efecto que lo hace tan determinante en el coaching y en el trabajo de crecimiento y desarrollo personal. Que es real. Lo que hemos sentido queda grabado en nuestra memoria emocional, en nuestras emociones y sentimientos, en nuestro cuerpo a través de la experiencia vivida. Y es ésta una base mucho más sólida para acometer un trabajo de cambio, de mejora, de reforzamiento y superación posterior, que el simple plano teórico del pensamiento.

Nuestra manera de acercarnos al caballo

Pero para ello, para que esta efectividad se produzca, debemos permitirnos el acercarnos al caballo de una manera abierta. Dando prioridad a nuestras emociones y nuestro componente físico, corporal, deshabitando parcialmente y de manera temporal nuestra intelectualidad o la hegemonía mental que a menudo hemos erigido como guía de nuestra vida. Al caballo debemos acercarnos como el animal que es, y desde el animal que somos. Lejos de juicios, creencias y etiquetas. De manera directa y sin intermediarios.

Sólo así conseguiremos conectar con nosotros mismos a través del reflejo de nuestro interior que nos devuelve el caballo. Solo tendremos éxito si no pretendemos razonar o intelectualizar nuestra experiencia, al menos mientras ésta está ocurriendo.

Es solo sentir, reconocer y abrazar o aceptar lo que sentimos.

Coaching con caballos vs coaching tradicional

El Coaching con caballos frente al Coaching tradicional

El coaching con caballos (o CcC) es un método de crecimiento y desarrollo personal y profesional. Busca dotarnos de las habilidades y capacidades necesarias para superar nuestros obstáculos o bloqueos, nuestras limitaciones y miedos.  Nos posibilita así la consecución de todos nuestros objetivos deseados. Está cimentado en el coaching tradicional, sirviéndose de todas las bondades y toda la efectividad del mismo. A ellas suma la participación y la presencia del caballo en las sesiones. Y es esta presencia, esta participación única y singular, la que imprime a este método su gran potencialidad. Así como también una efectividad que le hacen, desde muchos puntos de vista, superior al coaching normal.

Varias son las diferencias entre entre ambas maneras de hacer coaching, llegando algunas de ellas a ser muy señaladas. La primera, y quizás la más importante, la extraemos del proceso básico del aprendizaje. Éste se define por la fórmula: aprendizaje = información + experimentación. Sin lugar a dudas podemos afirmar que es la experimentación la clave de la ecuación, la base a partir de la cual se realiza el aprendizaje. Y éste es uno de los puntos fuertes del CcC, su alto valor experiencial y vivencial.

En el trabajo con caballos el cliente o participante ve reflejado en éstos su estado emocional. También la coherencia o congruencia entre lo que dice o afirma y lo que piensa, en todo momento durante la sesión o el taller. Ese reflejo es ofrecido en tiempo real a través de una imagen de un enorme valor y una alta carga emocional. Conecta directamente con el verdadero ser del cliente. Le dice dónde está, cómo está y las opciones que se abren ante él.

Coaching con caballos

Éste ofrecimiento repetido en forma de imagen, totalmente visual, es algo que supera y trasciende las palabras. Va más allá del alcance de las mismas, y aporta a las sesiones una enorme dosis de realidad, de práctica.

Quizás  esto sería una carencia del coaching tradicional frente al CcC. La palabra, vehículo principal del mismo, a veces se queda adormecida, perdida en un plano teórico, en el nivel del pensamiento, en un discurso que no siempre nos mueve a la acción. Es cierto que el plan de acción que definimos al final de la sesión de coaching tradicional, sí invita al cliente a realizar acciones, a convertir en experiencia lo que se ha trabajado previamente durante la misma. Esta puesta en práctica la realiza el cliente por su cuenta entre sesión y sesión, lejos de la supervisión del coach y está basada en el compromiso que previamente ha adquirido consigo mismo durante la sesión.

En el CcC la puesta en práctica, el vivir la experiencia se realiza en la pista. Esta se lleva a cabo con el acompañamiento del coach y con la devolución que en todo momento nos hacen los caballos. La diferencia es llevar a la práctica lo aprendido de manera individual sin el acompañamiento del coach, o hacerlo en el momento de la sesión contando con el mismo y realizando ene aprendizaje in situ.

También se define y trabaja un plan de acción que parte de una configuración y una base teórica similares a la del coaching estándar. Sin embargo, a la hora de llevarlo a la práctica, de hacerlo realidad, está anclado en imágenes sustentántose en ellas además de en palabras.

El cliente se lleva de la sesión una serie de imágenes que ha visto y ha grabado en su cerebro emocional. Esto se produce de manera persistente y duradera, gracias al alto contenido emocional de las mismas. Los caballos, con su comportamiento, nos han ofrecido información muy valiosa para la definición y consecución del objetivo declarado. Información que está apoyada en imágenes que reafirman y multiplican la efectividad del trabajo a realizar descrito en el plan de acción. Casi podríamos estar hablando de verdaderos anclajes emocionales. Tal y como los define la programación neurolingüística y que son los que se producen en pista.

El descubrimiento de nuestro lado más natural

Una segunda diferencia entre el CcC y el coaching tradicional podría ser la posibilidad que nos ofrece el primero de conectar con nuestra esencia. Con el ser natural que somos frente a la posible limitación que sobre este aspecto podemos encontrar en el segundo. Es cierto que el coaching tradicional no es algo que únicamente pueda realizarse en una oficina o un ambiente cerrado. Seríamos muy poco creativos si no fuésemos capaces de imaginar el coaching en un espacio natural, abierto. En el que se incorporan los beneficios que nos produce el contacto con la naturaleza.

Pero es en el CcC donde el contacto con el animal, con el caballo, nos posibilita adentrarnos en nuestra esencia, en nuestra parte más “animal” o natural. Durante la sesión, como no podría ser de otro modo, nuestra relación con él carece de palabras. Se basa y descansa en el resto de nuestros sentidos, en nuestra intuición, en capacidades que nos vemos obligados a movilizar para poder dar respuesta a las situaciones que se producen en la pista. Es trabajar y aprender desde nuestra esencia, desde nuestra parte más primitiva o ancestral. Estando ésta conectada con todo lo que nos rodea: olores, sensaciones, imágenes, movimientos, expresiones, etc. Todo ello de la mano del inconfundible maestro como es el caballo.