¿Por qué no poner un caballo como gerente de la empresa?

“!!!Un caballo, un caballo… mi reino por un caballo!!!

RICARDO III

Muchos han sido los caballos famosos que han tenido un papel y un protagonismo destacado a lo largo de los tiempos, dejando en ellos una huella decisiva. Fueron, en su época, y siguen siendo hoy día caballos nombrados, propiedad, o como yo elijo llamarlos, “compañeros” de personajes que han pasado a la historia. Hay sobrados ejemplos: Desde Bucéfalo, que llevó a Alejandro Magno a los confines del mundo, a Tormenta (Dug), con quién Gengis Khan conquistó un imperio. O Babieca, la yegua de Rodrígo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. Rocinante, inmortal. Marengo, el caballo de Napoleón, que llevaba el nombre de una de sus primeras victorias, etc…

Esta lista de caballos únicos, especiales, no se limita sólo a animales que han llevado a sus dueños por el camino de grandes descubrimientos o conquistas militares. En multitud de ocasiones, éstos llegaron a ver en sus monturas mucho más que un compañero fuerte y fiel, mucho más que un animal dotado para la guerra o las grandes exploraciones. Fueron capaces de ver otras cualidades, otras virtudes: Un instinto certero e infalible tal vez, claras dotes de liderazgo o una sensibilidad superior a muchos otros seres. El emperador romano Calígula, por ejemplo, nombro a su caballo Incitato cónsul y senador de Roma. O Pancho Villa, que dicen que hizo general a su yegua llamada Siete Leguas.

Lejanos ya todos estos acontecimientos, junto a la memoria de sus protagonistas, centrémonos en esas cualidades especiales que puede aportarnos y que podemos aprender de ellos. Hagámoslo a partir de un ejercicio de imaginación, de creatividad, de un juego a través del pensamiento: ¿Qué ocurriría si nombrásemos a un caballo como CEO o gerente de nuestra empresa?

 

 

Para los profesionales del Coaching con caballos la respuesta es clara: Nuestra empresa comenzaría a obtener unos resultados distintos, superiores, con grandes cambios, marcados de aspectos positivos. Veamos cuál podría ser una pequeña enumeración de esos cambios:

1. En nuestra organización, el caballo aportaría el don de la intuición, ese “olfato” fundamental para el mundo empresarial actual. Hermana de la corazonada, la intuición nos lleva a movernos y a tomar decisiones teniendo en cuenta y valorando no solo la información que nos llega a través de la razón, sino también lo que nos dice nuestro corazón. Esto nos da acceso un conocimiento distinto, una nueva capacidad de comprender y asimilar detalles y elementos básicos de nuestra vida.

En el mundo de la empresa, la intuición nos permitiría conocer desde otro punto de vista cómo sienten y piensan nuestros clientes. Podernos anticipar a los cambios de tendencias y modas. Predecir o ver con antelación cambios en el mercado, productos que pueden convertirse en estrellas, oportunidades de inversión, etc… No es necesario entender algo para saberlo. La intuición es parte de la naturaleza del caballo. Como afirma Ray Hunt “El caballo nunca se equivoca”.

2. Del caballo aprenderíamos también la serenidad y el estado de presencia en todo lo que realizamos. Ambas capacidades se antojan fundamentales a la hora de lograr el máximo rendimiento en nuestro trabajo. A diferencia del caballo, el ser humano, y debido a la estructura de su mente, en contadas ocasiones consigue sin esfuerzo ese estado de presencia que podemos definir llanamente como “estar” de cuerpo y mente en un mismo lugar, enfocado, concentrado en la tarea, no dejando que nuestro pensamiento nos lleve de manera incontrolada de un lugar a otro, del pasado al futuro, de lo que pasó a lo que está por venir. Alcanzar ese estado de quietud, de tranquilidad, donde el “ruido” del pensamiento cesa, nos abre las puertas para poder estar conectados con lo que hacemos, en estado de flujo, con concentración plena, lo que nos acerca a la excelencia, la disminución de errores o la eficacia.

3. Nos aportaría una valiosa lección sobre el Liderazgo, paradigma en todo ámbito empresarial actual. En esto tiempos que estamos viviendo necesitamos con urgencia de un nuevo liderazgo, renovado, efectivo, que nos motive y nos conduzca de manera apasionada hacia nuevas metas y objetivos. Éste es interpretado y ejercido por el caballo de una manera muy especial. En las manadas de caballos, el liderazgo y la iniciativa recae en todo momento en el individuo más motivado, el que se encuentra en la situación más favorable para actuar. En la manada, el individuo que primero detecta al depredador (al peligro) es el que inicia la huida y guía al grupo. Por otra parte, es el miembro de la manada de mayor experiencia, generalmente la yegua de más edad, la que dirige a la manada hacia los pastos más abundantes o los mejores lugares para beber.

Esto crea una verdadera unión basada en el hoy por ti y mañana por mi, en el codo con codo y hombro con hombro. Contribuye a descargar de peso,  a veces excesivo, al líder o “jefe” de la organización, de que se espera se modelo constante y sobre el que recaen el cumplimiento de unas expectativas que a menudo se traducen en estrés, en cargas emocionales y un horizonte que parece imposible alcanzar.

4. Al adentrarnos en la visión que tiene el caballo del mundo que le rodea nos encontramos con el regalo de la “visión de la presa”, de la que tanto tenemos que aprender. El ser humano, en su naturaleza, es cazador. Esto nos lleva a ver el mundo a través de los ojos de un cazador, a enfocarnos en nuestro objetivo o nuestra meta. Esto hace que en nuestro “foco”, siempre orientado o dirigido a la “presa” (objetivo) que hemos elegido, no aparezca o no seamos capaces de “ver” otras alternativas, posibilidades o variantes. El cazador carece de la visión circular, englobadora, que forma parte del mundo de la presa. Ésta, la presa, está presente, pendiente, observando y gestionando todos los sucesos, situaciones y acontecimientos que le rodean. Esta siempre preparada para dar la respuesta más adecuada a cada situación. Tiene así una panorámica de 360º sobre el mundo que le rodea (¿cómo sería esto aplicado a la empresa?) frente a la visión de cono o embudo que es propia de la naturaleza del cazador.

 

5. Sin duda podríamos adquirir una lección de incalculable valor, un conocimiento del que nos hemos ido poco a poco distanciando, al aprender del caballo y su relación con la naturaleza. El hombre moderno, el “Homo economicus” se ha ido distanciando de su parte más primigenia, más natural, perdido en la vorágine y el laberinto de la producción y el consumo de bienes, buscando la mayor comodidad, la satisfacción material plena y la aparente felicidad depositada en el consumo y la propiedad.

En este largo camino competitivo el hombre ha dejado atrás valores, conocimientos, una forma de vivir y sentir más cercanos a sus orígenes naturales. Hay valores en la naturaleza, como búsqueda de la sencillez y lo fácil a la hora de hacer las cosas, la pausa y la cadencia en los ritmos frente a las prisas del hombre actual. O la incomparable lección de la humildad, de la aceptación de nuestra debilidad y nuestra “pequeñez” frente al mundo que nos rodea son lecciones que podemos aprender en el contacto con el caballo.

Éstas son parte de las capacidades y habilidades que podemos encontrar en el caballo y que podemos hacer nuestras, apehender por medio del aprendizaje que deriva del contacto con él. Ese contacto nos vuelve más humanos, pues despierta nuestro lado más natural, más “animal”, más cercano a nuestros orígenes. Y es ahí, en los orígenes donde podemos reconectar, resintonizar, cambiar hábitos y creencias, buscar una transformación, que se antoja cada vez más necesaria como individuos y como grupo. Recorrer ese camino hacia nuestros orígenes seguro nos llevaría a encontrar, quizás a la mitad del camino, ese punto de equilibrio tan necesario, tan deseado, en el que instalarnos.

 

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