La conexión entre la persona y el caballo

“Para entender al caballo debemos entender la conciencia de las presas. Esa es la mejor manera de comprender cómo piensan. Entender la conciencia de las presas nos enseña también otras cosas, como la empatía y la paciencia.”

                                                                        CHRIS IRWIN

 

En el trabajo con caballos, tanto a nivel de crecimiento y desarrollo personal como formativo en las distintas ramas de la hípica o la doma, la conexión que se establece entre hombre y animal es rápida y muy potente. Nuestro sistema emocional, el sistema límbico, es un sistema abierto. Este se adapta e inractúa con el medio, dependiendo de él. Todo lo que nos rodea nos influye y nos cala a través de nuestras emociones.

En el caballo ocurre igual, pero con la gran diferencia del efecto multiplicador de su potentísimo e hiperdesarrollado sistema emocional y perceptivo que éste posee. Muy superior al nuestro y que, por su magnitud, nos hace de amplificador.

No altera esta conexión, por nuestra parte, el hecho de que nosotros, los seres humanos, seamos cazadores por naturaleza, mientras el caballo es un animal de presa. El humano cazador siempre tiene un objetivo. Y busca lograrlo por pura programación genética. Si no caza a su “presa” (alcanza su objetivo), pone en riesgo su subsistencia. Así, siempre tenemos un objetivo cuando nos acercamos al caballo. Éste puede ser sentir, sanar, aprender, domarlo, montarlo, etc.

En esta conexión de la que hablamos si es muy determinante, y afecta de manera importante en ella, la gran capacidad de percepción del entorno que tiene el caballo y que ha adquirido por su evolución. Ésta se centra y abarca todo lo que le rodea, toda “la pradera”. Pues para subsistir y evitar ser cazado el caballo ha multiplicado y potenciado sus sistemas de alerta.

Sin duda ésta es una de las claves del efecto que sobre nosotros tiene la presencia y cercanía del caballo: La amplitud de su sistema emocional y perceptivo. Otra es la sorpresa que nos supone el hecho de que nos acerquemos a él con un objetivo concreto y a cambio obtengamos un regalo de tanta amplitud. Buscamos simplemente saciar o cumplir un objetivo y éste, en cambio, nos va a hecer la devolución de mostrarnos “toda la pradera”.

Como decimos, el efecto que produce en nosotros es emocional, y por tanto físico y real. Lo sentimos, podemos percibirlo, transmitirlo y compartirlo con los demás. Pertenece al plano de “lo que existe”, de la realidad, muy alejado del plano teórico de las palabras. Frente a lo mental, triunfa lo físico. Frente a lo teórico, prevalece lo práctico y las experiencias.

Este es el efecto que lo hace tan determinante en el coaching y en el trabajo de crecimiento y desarrollo personal. Que es real. Lo que hemos sentido queda grabado en nuestra memoria emocional, en nuestras emociones y sentimientos, en nuestro cuerpo a través de la experiencia vivida. Y es ésta una base mucho más sólida para acometer un trabajo de cambio, de mejora, de reforzamiento y superación posterior, que el simple plano teórico del pensamiento.

Nuestra manera de acercarnos al caballo

Pero para ello, para que esta efectividad se produzca, debemos permitirnos el acercarnos al caballo de una manera abierta. Dando prioridad a nuestras emociones y nuestro componente físico, corporal, deshabitando parcialmente y de manera temporal nuestra intelectualidad o la hegemonía mental que a menudo hemos erigido como guía de nuestra vida. Al caballo debemos acercarnos como el animal que es, y desde el animal que somos. Lejos de juicios, creencias y etiquetas. De manera directa y sin intermediarios.

Sólo así conseguiremos conectar con nosotros mismos a través del reflejo de nuestro interior que nos devuelve el caballo. Solo tendremos éxito si no pretendemos razonar o intelectualizar nuestra experiencia, al menos mientras ésta está ocurriendo.

Es solo sentir, reconocer y abrazar o aceptar lo que sentimos.